El hombre rebelde
El hombre rebelde Mussolini, jurista latino, se contentaba con la razón de Estado que transformó tan sólo, con mucha retórica, en absoluto. «Nada fuera del Estado, por encima del Estado, contra el Estado. Todo del Estado, para el Estado, en el Estado». La Alemania hitleriana dio a esta falsa razón su verdadero lenguaje, que era el de una religión. «Nuestro servicio divino —escribió un periódico nazi durante un congreso del partido— era volver a cada cual hacia los orígenes, hacia las Madres. En verdad, era un servicio de Dios». Los orígenes estuvieron entonces en el griterío primitivo. ¿Qué Dios era ese del que se trataba? Una declaración oficial del partido nos lo explicaba: «Todos nosotros, aquí en la tierra, creemos en Adolf Hitler, nuestro Führer […] y [confesamos] que el nacionalsocialismo es la única fe que conduce a nuestro pueblo a la salvación». Los mandamientos del jefe, erguido en la zarza ardiente de los focos, en la cima de un Sinaí de tablados y banderas, hacen entonces la ley y la virtud. Si los micros sobrehumanos ordenan una sola vez el crimen, entonces de jefes a subjefes, el crimen baja hasta el esclavo que, por su parte, recibe órdenes pero no las da a nadie. Un verdugo de Dachau llora después en su cárcel: «No hice más que ejecutar órdenes. Sólo el Führer y el Reichsführer trajeron todo esto y luego se fueron. Gluecks recibió órdenes de Kaltenbrunner y, finalmente, yo recibí la orden de fusilar. Me pasaron todo el fardo porque no era más que un pequeño Hauptscharführer y no podía transmitirlo más abajo en la fila. Ahora dicen que soy yo el asesino». Goering aseguraba en el proceso su fidelidad al Führer y «que existía aún una cuestión de honor en esta vida maldita». El honor estaba en la obediencia que se confundía a veces con el crimen. La ley militar castiga con la muerte la desobediencia y su honor es servidumbre. Cuando todo el mundo es militar, el crimen es no matar si lo exige la orden.