El hombre rebelde
El hombre rebelde Hitler, en todo caso, inventó el movimiento perpetuo de la conquista sin el cual no hubiera sido nada. Pero el enemigo perpetuo es el terror perpetuo, aquella vez a nivel del Estado. El Estado se identifica con «el aparato», es decir con el conjunto de los mecanismos de conquista y de represión. La conquista dirigida hacia el interior del país se llama propaganda («primer paso hacia el infierno», según Frank) o represión. Dirigida hacia el exterior, crea el ejército. Así, todos los problemas son militarizados, planteados en términos de poder y eficacia. El general en jefe determina la política y, además, todos los principales problemas de administración. Este principio, irrefutable en cuanto a la estrategia, es generalizado en la vida civil. Un solo jefe, un solo pueblo, significa un solo amo y millones de esclavos. Los intermediarios políticos que son, en todas las sociedades, los garantes de la libertad desaparecen para dar paso a un Jehová con botas que reina sobre multitudes silenciosas, o, lo que viene a ser lo mismo, vociferando consignas. Entre el jefe y el pueblo no se interpone un organismo de conciliación o de mediación, sino, precisamente, el aparato, es decir el partido que es de opresión. Así nace el primero y el único principio de este bajo místico, el Führerprinzip, que restaura en el mundo del nihilismo una idolatría y una forma de lo sagrado degradado.