El hombre rebelde
El hombre rebelde Hablando de semejante revolución, Rauschning dice que no es ya liberación, justicia y desarrollo del espíritu: es «la muerte de la libertad, el dominio de la violencia y la esclavitud del espíritu». El fascismo es, en efecto, el desprecio. Inversamente, toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo. Hay que añadir que el fascismo no puede ser otra cosa sin renegar de sí mismo. Junger sacaba de sus propios principios la conclusión de que más valía ser criminal que burgués. Hitler, que tenía menos talento literario, pero, en esta ocasión, más coherencia, sabía que era indiferente ser lo uno o lo otro, a partir del momento en que sólo se cree en el éxito. Se permitió, pues, ser lo uno y lo otro a la vez. «El hecho lo es todo», decía Mussolini. Y Hitler: «Cuando la raza corre peligro de ser oprimida […] la cuestión de legalidad no tiene más que un papel secundario». Como, además, la raza necesita siempre ser amenazada, nunca hay legalidad. «Estoy pronto a firmarlo todo, a suscribirlo todo […] En lo que a mí concierne, soy capaz, con toda buena fe, de firmar tratados hoy y romperlos fríamente mañana, si está en juego el futuro del pueblo alemán». Por lo demás, antes de desencadenar la guerra, el Führer declaró a sus generales más tarde que no se pediría al vencedor si había dicho o no la verdad. El leitmotiv de la defensa de Goering en el proceso de Nuremberg repite esta idea: «El vencedor será siempre el juez y el vencido el acusado». Lo cual es sin duda discutible. Pero entonces no se entiende a Rosenberg cuando dijo en el proceso de Nuremberg que no había previsto que aquel mito llevaría al asesinato. Cuando el fiscal inglés observó que «desde Mein Kampf, la ruta era directa hasta las cámaras de gas de Maidanek», dio por el contrario con el verdadero tema del proceso, el de las responsabilidades históricas del nihilismo occidental, el único, no obstante, que no se discutió verdaderamente en Nuremberg, por razones evidentes. No se puede instruir un proceso anunciando la culpabilidad general de una civilización. Se juzgaron tan sólo los actos que, por lo menos, gritaban a la faz de la tierra entera.