El hombre rebelde
El hombre rebelde Hitler era la historia en estado puro. «Devenir —decÃa Junger— vale más que vivir». Predicaba, pues, la identidad total con la corriente de la vida, en el nivel más bajo y contra toda realidad superior. El régimen que inventó la polÃtica extranjera biológica iba contra sus intereses más evidentes. Pero obedecÃa al menos a su lógica particular. Asà Rosenberg hablaba pomposamente de la vida: «El estilo de una columna en marcha, y poco importa hacia qué destino y hacia qué meta esta columna está en marcha». Después de esto, la columna sembrará la historia de ruinas y devastará su propio paÃs, al menos habrá vivido. La verdadera lógica de este dinamismo era la derrota final o bien, de conquista en conquista, de enemigo en enemigo, el establecimiento del Imperio de la sangre y de la acción. Es poco probable que Hitler hubiera concebido, al menos primitivamentete, ese Imperio. Ni por la cultura, ni tan sólo por el instinto o la inteligencia táctica, estaba a la altura de su destino. Alemania se hundió por haber entablado una lucha imperial con un pensamiento polÃtico provinciano. Pero Junger habÃa advertido esta lógica y habÃa dado su fórmula. Tuvo la visión de un «Imperio mundial y técnico», de una «religión de la técnica anticristiana», cuyos fieles y soldados hubieran sido los obreros mismos porque (y ahÃ, Junger se encontraba con Marx), por su estructura humana, el obrero es universal. «El estatuto de un nuevo régimen de mando suple el cambio del contrato social. El obrero es sacado de la esfera de las negociaciones, de la compasión, de la literatura, y elevado hasta la de la acción. Las obligaciones jurÃdicas se transforman en obligaciones militares». El Imperio, ya lo vemos, es al mismo tiempo la fábrica y el cuartel mundiales, donde reina como esclavo el soldado obrero de Hegel. Hitler fue detenido relativamente pronto en el camino de ese Imperio. Pero aunque hubiese ido mucho más lejos, se hubiera asistido únicamente al despliegue cada vez más amplio de un dinamismo irresistible y al reforzamiento cada vez más violento de los principios cÃnicos que eran los únicos capaces de servir a ese dinamismo.