El hombre rebelde
El hombre rebelde La moral gangsterista es triunfo y venganza, derrota y resentimiento, inagotablemente. Cuando Mussolini exaltaba «las fuerzas elementales del individuo», anunciaba la exaltación de las potencias oscuras de la sangre y del instinto, la justificación biológica de lo peor que produce el instinto de dominación. En el proceso de Nuremberg, Frank subrayó «el odio a la forma» que animaba a Hitler. Es verdad que aquel hombre era solamente una fuerza en movimiento, enderezada y vuelta más eficaz por los cálculos de la astucia y de una implacable clarividencia táctica. Hasta su forma física, mediocre y común, no era para él un límite, lo fundía en la masa[42]. La acción sola lo mantenía en pie. Ser, para él, era hacer. He aquí por qué Hitler y su régimen no podían pasar sin enemigos. No podían, dandis furibundos[43], definirse más que en relación con tales enemigos, tomar forma más que en el combate encarnizado que debía destruirlos. El judío, los masones, las plutocracias, los anglosajones, el eslavo bestial se sucedieron en la propaganda y en la historia para elevar cada vez algo más alta la fuerza ciega que caminaba hacia su término. El combate permanente exigía excitantes perpetuos.