El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Los hombres de acción, cuando no tienen fe, nunca han creído más que en el movimiento de la acción. La paradoja insostenible de Hitler fue precisamente querer fundar un orden estable sobre un movimiento perpetuo y una negación. Rauschning en su Revolución del nihilismo tiene razón cuando dice que la revolución hitleriana era un dinamismo puro. En Alemania, sacudida hasta las raíces por una guerra sin precedente, la derrota y la miseria económica, ningún valor se mantenía en pie. Aunque hay que contar con lo que Goethe llamaba «el destino alemán de ponérselo todo difícil», la epidemia de suicidios que afectó al país entero, entre las dos guerras, es harto elocuente sobre el desconcierto de las mentes. A los que desesperan de todo, no son los razonamientos los que pueden procurarles una fe, sino la sola pasión, y aquí la pasión misma que yacía en el fondo de aquella desesperación, o sea la humillación y el odio. Ya no había valor, a la vez común y superior a todos aquellos hombres, en nombre del cual les fuera posible juzgarse unos a otros. La Alemania de 1933 se inclinó, pues, por adoptar los valores degradados de algunos hombres solamente y trató de imponerlos a toda una civilización. A falta de la moral de Goethe, eligió y sufrió la moral gangsterista.




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