El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero las místicas fascistas, aunque poco a poco apuntaron a dirigir el mundo, nunca aspiraron realmente a un Imperio universal. A lo sumo, Hitler, asombrado por sus propias victorias, se apartó de los orígenes provincianos de su movimiento orientándose hacia el sueño impreciso de un Imperio de los alemanes que no tenía nada que ver con la Ciudad universal. El comunismo ruso, al contrario, por sus orígenes, aspira abiertamente al Imperio mundial. Ésta fue su fuerza, su profundidad reflexionada, y su importancia en nuestra historia. Pese a las apariencias, la revolución alemana no tenía porvenir. No era más que un primitivo impulso cuyos estragos fueron mayores que su ambición real. El comunismo ruso, por el contrario, tomó a su cargo la ambición metafísica que describe este ensayo, la edificación, tras la muerte de Dios, de una ciudad del hombre por fin divinizado. Este nombre de revolución, al que no puede pretender la aventura hitleriana, lo ha merecido el comunismo ruso, y aunque, al parecer, ya no lo merece, pretende deber merecerlo un día, y para siempre. Por primera vez en la historia, una doctrina y un movimiento apoyados en un Imperio en armas se proponen como meta la revolución definitiva y la unificación final del mundo. Nos queda por examinar esta pretensión en detalle. Hitler, en la cumbre de su locura, pretendió estabilizar la historia durante mil años. Se creía a punto de hacerlo, y los filósofos realistas de las naciones vencidas se preparaban a tomar conciencia de ello y a absolverlo, cuando la batalla de Inglaterra y Stalingrado lo lanzaron hacia la muerte y relanzaron la historia, una vez más, hacia delante. Pero tan infatigable como la misma historia, la pretensión humana a la divinidad resurgió con más seriedad y eficacia, bajo la forma del Estado racional, tal como se edificó en Rusia.