El hombre rebelde
El hombre rebelde La noción de progreso es contemporánea del siglo de las luces y de la revolución burguesa. Pueden hallársele sin duda inspiradores en el siglo XVII; la disputa de los Antiguos y los Modernos introdujo ya en la ideología europea la noción perfectamente absurda de un progreso artístico. De manera más seria, se puede sacar también del cartesianismo la idea de una ciencia que va creciendo sin cesar. Pero Turgot fue quien dio primero, en 1750, una definición clara de la nueva fe. Su discurso sobre los progresos del espíritu humano recrea, en el fondo, la historia universal de Bossuet. La voluntad divina es, tan sólo, sustituida por la idea de progreso. «La masa total del género humano, con alternancias de calma y agitación, de bienes y males, camina siempre, aunque a paso lento, hacia una perfección mayor». Optimismo que procurará lo esencial a las consideraciones retóricas de Condorcet, doctrinario oficial del progreso, que lo relacionaba con el progreso estatal, y del que fue, asimismo, la víctima oficiosa, puesto que el Estado de las luces lo obligó a envenenarse. Sorel tenía toda la razón al decir que la filosofía del progreso era precisamente la que convenía a una sociedad ávida de gozar de la prosperidad material debida a los progresos técnicos[47]. Cuando se tiene la seguridad de que mañana, en el orden mismo del mundo, será mejor que hoy, cabe divertirse en paz. El progreso, paradójicamente, puede servir para justificar el conservadurismo. Letra de cambio girada confiadamente al futuro, autoriza así la buena conciencia del amo. Al esclavo, a aquellos cuyo presente es miserable y que no tienen el consuelo del cielo, se les asegura que el futuro, al menos, es suyo. El porvenir es la única especie de propiedad que los amos conceden de buena gana a los esclavos.