El hombre rebelde

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Fue por esto por lo que Marx se vio impulsado a acentuar la determinación económica y social. Su esfuerzo más fecundo se centró en desvelar la realidad que se oculta detrás de los valores formales de que daba muestra la burguesía de su tiempo. Su teoría de la mistificación es aún válida porque es válida universalmente, es verdad, y se aplica también a las mistificaciones revolucionarias. La libertad que veneraba el señor Thiers era una libertad del privilegio consolidada por la policía; la familia exaltada por los periódicos conservadores se mantenía en un estado social en que mujeres y hombres habían bajado a la mina, medio desnudos, atados a la misma cuerda; la moral prosperaba sobre la prostitución obrera. Que las exigencias de la honradez y de la inteligencia hubieran sido colonizadas con objetivos egoístas por la hipocresía de una sociedad mediocre y codiciosa fue una desgracia que Marx, despabilador incomparable, denunció con una fuerza desconocida antes de él. Esta denuncia indignada llevó a otros excesos que exigían otra denuncia. Pero conviene, ante todo, saber y decir dónde nació, en la sangre de la insurrección aplastada en 1834 en Lyón y, en 1871, en la innoble crueldad de los moralistas de Versalles. «El hombre que no tiene nada no es hoy día nada». Si esta afirmación es falsa, ciertamente, era casi verdadera en la sociedad optimista del siglo XIX. La extremada degradación resultante de la economía de la prosperidad debía forzar a Marx a conceder el primer lugar a las relaciones sociales y económicas y a exaltar aún más su profecía del reinado del hombre.


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