El hombre rebelde
El hombre rebelde Lo cual no quita que Marx sintiera el peligro de aquel quietismo. El poder no se espera o se espera indefinidamente. Llega un día en que hay que tomarlo y es ese día el que permanece en una claridad dudosa para todo lector de Marx. Sobre este punto, no paró de contradecirse. Observó que la sociedad estaba «históricamente obligada a pasar por la dictadura obrera». Respecto al carácter de tal dictadura, sus definiciones fueron contradictorias[52]. Es seguro que condenó el Estado en términos claros, diciendo que su existencia y la de la servidumbre eran inseparables. Pero protestó contra la observación, sin embargo juiciosa, de Bakunin, a cuyo parecer la noción de una dictadura provisional era contraria a lo que se sabía de la naturaleza humana. Marx opinaba, es verdad, que las verdaderas dialécticas eran superiores a la verdad psicológica. ¿Qué decía la dialéctica? Que «la abolición del Estado sólo tiene sentido entre los comunistas como un resultado necesario de la supresión de las clases cuya desaparición trae automáticamente consigo la desaparición de la necesidad de un poder organizado de una clase para la opresión de la otra». Según la fórmula consagrada, el gobierno de las personas cedía entonces el paso a la administración de las cosas. La dialéctica era, pues, formal y no justificaba el Estado proletario más que durante el tiempo en que la clase burguesa había de ser destruida o integrada. Pero la profecía y el fatalismo autorizaban, por desgracia, otras interpretaciones. ¿Qué importan los años, si es seguro que llegará el reino? El sufrimiento nunca es provisional para quien no cree en el porvenir. Pero cien años de dolor son fugitivos a los ojos de quien afirma, para el centésimo primer año, la ciudad definitiva. De todas maneras, desaparecida la clase burguesa, el proletario establece el reinado del hombre universal en la cumbre de la producción, por la lógica misma del desarrollo productivo. ¿Qué más da que sea por la dictadura y la violencia? En esa Jerusalén rumorosa de máquinas maravillosas, ¿quién se acordará aún del grito del degollado?