El hombre rebelde
El hombre rebelde El movimiento revolucionario, a fines del siglo XIX y a comienzos del XX, vivió como los primeros cristianos, en la espera del fin del mundo y de la parusía del Cristo proletario. Es conocida la persistencia de este sentimiento en el seno de las primitivas comunidades cristianas. Todavía a finales del siglo IV, un obispo del África proconsular calculaba que le quedaban ciento un años de vida al mundo. Al cabo de este tiempo, vendría el reino del cielo que había que merecer sin tardanza. Este sentimiento fue general en el siglo primero de nuestra era[55] y explica la indiferencia que mostraban los cristianos por las cuestiones puramente teológicas. Si la parusía estaba próxima, era a la fe ardiente más que a las obras y a los dogmas a la que había que consagrarlo todo. Hasta Clemente y Tertuliano, durante más de un siglo la literatura cristiana se desinteresó de los problemas de teología y no sutilizó demasiado en cuanto a las obras. Pero desde el momento en que se alejó la parusía, hubo que vivir con la fe, es decir hubo que transigir. Nacieron entonces la devoción y el catecismo. La parusía evangélica se alejó; vino san Pablo a construir el dogma. La Iglesia dio un cuerpo a aquella fe que no era más que una pura tensión hacia el reino venidero. Hubo que organizarlo todo en el siglo, incluso el martirio, cuyos testigos temporales serían las órdenes monacales, incluso la predicación que se hallaría más adelante bajo el hábito de los inquisidores.