El hombre rebelde
El hombre rebelde Un movimiento similar nació del fracaso de la parusía revolucionaria. Los textos de Marx ya citados dan una idea justa de la esperanza ardiente que era entonces la del espíritu revolucionario. A pesar de los fracasos parciales, aquella fe no dejó de crecer hasta el momento en que se halló, en 1917, ante sus sueños casi realizados. «Luchamos por las puertas del cielo», había gritado Liebknecht. En 1917, el mundo revolucionario creyó haber llegado realmente ante aquellas puertas. Se realizaba la profecía de Rosa Luxemburg. «La revolución se levantará mañana en toda su estatura con gran estruendo y, para terror vuestro, anunciará con todas sus trompetas: era, soy, seré». El movimiento Spartakus creyó tocar la revolución definitiva, puesto que, según el propio Marx, ésta había de pasar por la revolución rusa completada por una revolución occidental[56]. Tras la revolución de 1917, una Alemania soviética habría abierto, en efecto, las puertas del cielo. Pero Spartakus fue aplastado, fracasó la huelga general francesa de 1920, el movimiento revolucionario italiano fue yugulado. Liebknecht reconoció entonces que la revolución no estaba madura. «Los tiempos no estaban caducos». Pero también, y comprendemos ahora cómo la derrota puede sobreexcitar la fe vencida hasta el éxtasis religioso: «Con el estruendo del derrumbamiento económico cuyo fragor suena ya próximo, las tropas dormidas de proletarios despertarán como con las trompetas del juicio final, y los cadáveres de los luchadores asesinados se pondrán en pie y pedirán cuentas a los que están cargados de maldiciones». Entre tanto, él mismo y Rosa Luxemburg fueron asesinados; Alemania se precipitaría a la servidumbre. La revolución rusa quedó sola, viva contra su propio sistema, lejos aún de las puertas celestiales, con un apocalipsis por organizar. La parusía se alejaba más. La fe estaba intacta, pero cedía bajo una enorme masa de problemas y descubrimientos que el marxismo no había previsto. La nueva Iglesia se hallaba de nuevo ante Galileo: para conservar la fe, negaría el sol y humillaría al hombre libre.