El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Por el solo juego de las fuerzas económicas admiradas por Marx, el proletariado rechazó la misión histórica que Marx, precisamente, le había encargado. Se excusa el error de este último porque, ante el envilecimiento de las clases dirigentes, un hombre atento a la civilización busca instintivamente elites de sustitución. Pero esta exigencia no es por sí sola creadora. La burguesía revolucionaria tomó el poder en 1789 porque ya lo tenía. El derecho, en aquella época, como dice Jules Monnerot, iba a la zaga de los hechos. Los hechos eran que la burguesía disponía ya de los puestos de mando y de la nueva potencia: el dinero. No ocurrió lo mismo con el proletariado, que sólo poseía su miseria y sus esperanzas, y al que la burguesía mantuvo en aquella miseria. La clase burguesa se envileció, por una locura de producción y de poder material: la organización misma de esta locura no podía crear elites[60]. La crítica de dicha organización y el desarrollo de la conciencia rebelde podían, por el contrario, forjar una elite de sustitución. Sólo el sindicalismo revolucionario, con Pelloutier y Sorel, se introdujo en aquella vía y quiso crear, mediante la educación profesional y la cultura, los cuadros nuevos que llamaba y sigue llamando un mundo sin honor. Pero aquello no podía hacerse en un día y los nuevos amos estaban ya allí, interesados en utilizar de inmediato la desdicha, para una dicha lejana, más bien que en levantar lo más posible, y sin demora, la horrible pena de millones de hombres. Los socialistas autoritarios juzgaron que la historia iba demasiado despacio y que, para precipitarla, era preciso trasladar la misión del proletariado a un puñado de doctrinarios. Por eso mismo, fueron los primeros en negar tal misión. No obstante, existe, no en el sentido exclusivo que le daba Marx, sino como existe la misión de todo grupo humano que sabe alcanzar orgullo y fecundidad de su trabajo y de sus sufrimientos. Para que se manifestara, sin embargo, había que aceptar un riesgo y depositar confianza en la libertad y la espontaneidad obreras. El socialismo autoritario confiscó, por el contrario, esa libertad viva en provecho de una libertad ideal, por llegar aún. Con lo cual, lo quisiera o no, reforzó la empresa de avasallamiento iniciada por el capitalismo fabril. Por la acción conjugada de ambos factores, y durante ciento cincuenta años, salvo en el París de la Comuna, último refugio de la revolución en rebeldía, el proletariado no ha tenido más misión histórica que la de ser traicionado. Los proletarios lucharon y murieron para dar el poder a militares o a intelectuales, futuros militares, que los avasallaban a su vez. Aquella lucha fue, con todo, su dignidad, reconocida por todos los que eligieron compartir su esperanza y su desdicha. Pero aquella dignidad fue conquistada contra el clan de los amos antiguos y nuevos. Los negó en el momento mismo en que osaron utilizarla. En cierto modo, anunció su crepúsculo.


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