El hombre rebelde
El hombre rebelde La idea de una misión del proletariado no ha podido encarnarse por fin hasta ahora en la historia; esto resume el fracaso de la predicción marxista. El fallo de la Segunda Internacional probó que el proletariado estaba determinado por otra cosa aún aparte de su condición económica y que tenía una patria, contrariamente a la famosa fórmula. En su mayoría, el proletariado aceptó, o soportó la guerra, y colaboró, de buena o mala gana, en los furores nacionalistas de aquel tiempo. Marx pensaba que las clases obreras, antes de triunfar, habrían adquirido la capacidad jurídica y política. Su error estaba únicamente en creer que la extrema miseria, y particularmente la miseria industrial, podía llevar a la madurez política. Es cierto, por otra parte, que la capacidad revolucionaria de las masas obreras fue frenada por la decapitación de la revolución libertaria, durante y después de la Comuna. Al fin y al cabo, el marxismo dominó fácilmente el movimiento obrero a partir de 1872, sin duda a causa de su propia grandeza, pero también porque la sola tradición socialista que podía plantarle cara fue anegada en la sangre; no había prácticamente marxistas entre los insurrectos de 1871. Esa depuración automática de la revolución se ha prolongado, por obra de los Estados policíacos, hasta nuestros días. Cada vez más, la revolución se ha hallado entregada a sus burócratas y a sus doctrinarios por una parte, a unas masas debilitadas y desorientadas por otra. Cuando se guillotina a la elite revolucionaria y se deja vivir a Talleyrand, ¿quién se opondría a Bonaparte? Pero a estas razones históricas se agregan las necesidades económicas. Hay que leer los textos de Simone Weil sobre la condición del obrero fabril[59], para saber hasta qué grado de agotamiento y desesperación silenciosa puede llevar la racionalización del trabajo. Simone Weil tiene razón cuando dice que la condición obrera es dos veces inhumana, privada de dinero, primero, y de dignidad después. Un trabajo por el que uno puede interesarse, un trabajo creador, aunque mal pagado, no degrada la vida. El socialismo industrial no ha hecho nada esencial para la condición obrera porque no ha tocado al principio mismo de la producción y de la organización del trabajo, que, por el contrario, ha exaltado. Ha podido proponerle al trabajador una justificación histórica de igual valor que la que consiste en prometer los goces celestiales a quien se mata trabajando; no le ha dado nunca el goce del creador. La forma política de la sociedad ya no está en tela de juicio a este nivel, sino los credos de una civilización técnica de la que dependen igualmente capitalismo y socialismo. Todo pensamiento que no hace avanzar este problema no toca más que apenas a la desdicha obrera.