El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Esta predicción no podía ser científica, al contrario, sino dejando de profetizar en lo absoluto. El marxismo no era científico; era, como mucho, cientificista. Hizo estallar el divorcio profundo que se había establecido entre la razón científica, fecundo instrumento de investigación, de pensamiento, y hasta de rebeldía, y la razón histórica, inventada por la ideología alemana en su negación de todo principio. La razón histórica no es una razón que, según su función propia, juzga al mundo. Lo guía al mismo tiempo que pretende juzgarlo. Sepultada en el acontecimiento, lo dirige. Es a la vez pedagógica y conquistadora. Estas misteriosas descripciones cubren, además, la realidad más simple. Si se reduce el hombre a la historia, no cabe más elección que sumirse en el ruido y el furor de una historia demencial o dar a esta historia la forma de la razón humana. La historia del nihilismo contemporáneo no es, pues, más que un largo esfuerzo para dar, por las solas fuerzas del hombre, y por la fuerza a secas, un orden a una historia que no lo tiene ya. Esta pseudorrazón acaba identificándose entonces con la astucia y la estrategia, esperando culminar en el Imperio ideológico. ¿Que haría aquí la ciencia? Nada es menos conquistador que la razón. No se hace la historia con escrúpulos científicos; ni siquiera se condena uno a no hacerla a partir del momento en que pretende conducirse en ella con la objetividad de los científicos. La razón no se predica, o, si se predica, ya no es la razón. Por eso, la razón histórica es una razón irracional y romántica, que recuerda a veces la sistematización del obseso, la afirmación mística del verbo, otras veces.


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