El hombre rebelde
El hombre rebelde El único aspecto realmente cientÃfico del marxismo se halla en su rechazo previo de los mitos y en la puesta al dÃa de los intereses más crudos. Pero, en este caso, Marx no es más cientÃfico que La Rochefoucauld; y, precisamente, esta actitud es la que abandona en cuanto entra en la profecÃa. A nadie extrañará, pues, que para hacer cientÃfico el marxismo, y mantener esta ficción, útil al siglo de la ciencia, haya habido de antemano que hacer marxista a la ciencia por medio del terror. El progreso de la ciencia, a partir de Marx, ha consistido, en lÃneas generales, en sustituir el determinismo y el mecanicismo bastante tosco de su siglo por un probabilismo provisional. Marx escribÃa a Engels que la teorÃa de Darwin constituÃa la base misma de la de ellos. Para que el marxismo permaneciera infalible, hubo, pues, que negar los descubrimientos biológicos posteriores a Darwin. Como se dio el caso de que tales descubrimientos, desde las mutaciones bruscas constatadas por De Vries, consistieron en introducir, contra el determinismo, la noción de azar en biologÃa, hubo que encargar a Lyssenko que disciplinara los cromosomas y demostrara de nuevo el determinismo más elemental. Lo cual es ridÃculo. Pero que se le dé una policÃa a monsieur Homais y dejará de ser ridÃculo, y ahà está el siglo XX. Para ello, el siglo XX tendrá que negar también el principio de indeterminación en fÃsica, la relatividad restringida, la teorÃa de los quanta[63] y, por último, la tendencia general de la ciencia contemporánea. El marxismo, hoy dÃa, sólo es cientÃfico a condición de serlo contra Heisenberg, Bohr, Einstein y los mayores sabios de este tiempo. Al fin y al cabo, el principio que consiste en poner la razón cientÃfica al servicio de una profecÃa no tiene nada de misterioso. Se le ha llamado ya el principio de autoridad; es él quien guÃa las Iglesias cuando quieren someter la verdadera razón a la fe muerta y la libertad de la inteligencia al mantenimiento del poder temporal[64].