El hombre rebelde
El hombre rebelde ¿Dicha ciudad de los fines tenía entonces un sentido? Tenía uno en el universo sagrado, una vez admitido el postulado religioso. El mundo fue creado, luego tendrá un fin; Adán salió del Edén, la humanidad habrá de volver a él. No tenía ninguno en el universo histórico si se admitía el postulado dialéctico. La dialéctica aplicada correctamente no podía y no debía detenerse[65]. Los términos antagonistas de una situación histórica podían negarse los unos a los otros y luego superarse en una nueva síntesis. Pero no había motivo para que tal síntesis nueva fuera superior a las primeras. O mejor dicho, no había motivo para ello salvo si se imponía, arbitrariamente, un término a la dialéctica, es decir, si se introducía en ella un juicio de valor procedente del exterior. Si la sociedad sin clases terminaba la historia, entonces, en efecto, la sociedad capitalista era superior a la sociedad feudal en la medida en que aproximaba aún el advenimiento de dicha sociedad sin clases. Pero de admitirse el postulado dialéctico, había que admitirlo totalmente. Del mismo modo que a la sociedad de las órdenes sucedió una sociedad sin órdenes pero con clases, había que decir que a la sociedad de las clases sucedería una sociedad sin clases, pero animada por un nuevo antagonismo, aún por definir. Un movimiento al que se niega un comienzo no puede tener un final. «Si el socialismo —dice un ensayista libertario[66]— es un eterno devenir, sus medios son su fin». Exactamente, no tiene fin, sólo tiene medios que no están garantizados por nada si no es por un valor ajeno al devenir. En este sentido, es justo observar que la dialéctica no es y no puede ser revolucionaria. Es únicamente, según nuestro punto de vista, nihilista, puro movimiento que tiende a negar todo cuanto no es él mismo.