El hombre rebelde

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¿Cómo imaginar, en efecto, este fin de la historia? Marx no repitió los términos de Hegel. Dijo bastante oscuramente que el comunismo no era más que una forma necesaria del porvenir humano, que no era todo el porvenir. Pero, o bien el comunismo no terminaba la historia de las contradicciones y del dolor: no se veía ya entonces cómo justificar tantos esfuerzos y sacrificios, o la terminaba: no se podía imaginar ya la continuación de la historia más que como la marcha hacia aquella sociedad perfecta. Una noción mística se introdujo entonces arbitrariamente en una descripción que se pretendía científica. La desaparición final de la economía política, tema favorito de Marx y de Engels, significaba el final de todo dolor. En efecto, la economía coincidía con la pena y la desgracia de la historia, que desaparecían con ella. Estábamos todos en el Edén.

No se hacía avanzar el problema declarando que no se trataba del fin de la historia, sino del salto a otra historia. Esta otra historia, no podíamos imaginarla sino según nuestra propia historia; sumadas, para el hombre, no formaban más que una. Esta otra historia planteaba, por lo demás, el mismo dilema. O bien no era la solución de las contradicciones y sufríamos, moríamos y matábamos para casi nada. O era la solución de las contradicciones y terminaba prácticamente nuestra historia. El marxismo no se justificaba, en esta fase, más que por la ciudad definitiva.


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