El hombre rebelde

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Rebeldía y revolución

La revolución de los principios mata a Dios en la persona de su representante. La revolución del siglo XX mata a lo que queda de Dios en los principios mismos, y consagra el nihilismo histórico. Cualesquiera que sean después las vías tomadas por este nihilismo, desde el instante en que quiere crear en el siglo, fuera de toda regla moral, construye el templo de César. Elegir la historia, y sólo ella, es elegir el nihilismo contra las enseñanzas de la rebeldía misma. Los que se precipitan en la historia en nombre de lo irracional, gritando que la historia no tiene el menor sentido, encuentran la servidumbre y el terror y desembocan en el universo de los campos de concentración. Los que se lanzan a ella predicando su racionalidad absoluta encuentran servidumbre y terror, y desembocan en el universo de los campos de concentración. El fascismo quiere instaurar el advenimiento del superhombre nietzscheano. Descubre enseguida que Dios, si es que existe, es quizás eso o aquello, pero en primer lugar el dueño de la muerte. Si el hombre quiere hacerse Dios, se arroga el derecho de vida o muerte sobre los otros. Fabricante de cadáveres, y de subhombres, él mismo es subhombre y no Dios, sino servidor innoble de la muerte. La resolución racional quiere, por su parte, realizar el hombre total de Marx. La lógica de la historia, a partir del momento en que es aceptada totalmente, la lleva, poco a poco, contra su pasión más alta, a mutilar cada vez más al hombre, y a transformarse ella misma en crimen objetivo. No es justo identificar los fines del fascismo y del comunismo ruso. El primero representa la exaltación del verdugo por el verdugo mismo. El segundo, más dramático, la exaltación del verdugo por las víctimas. El primero no ha soñado nunca con liberar a todo el hombre, sino tan sólo con liberar a algunos subyugando a los otros. El segundo, en su principio más profundo, apunta a liberar a todos los hombres esclavizándolos a todos, provisionalmente. Hay que reconocerle la grandeza de la intención. Pero es justo, por el contrario, identificar sus medios con el cinismo político que han bebido ambos de la misma fuente, el nihilismo moral. Todo ha ocurrido como si los descendientes de Stirner y de Necháiev utilizasen a los descendientes de Kaliayev y de Proudhon. Los nihilistas, hoy día, ocupan los tronos. Los pensamientos que pretenden guiar nuestro mundo en nombre de la revolución se han convertido en realidad en ideologías de consentimiento, no de rebeldía. He aquí por qué nuestro tiempo es el de las técnicas privadas y públicas de aniquilamiento.


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