El hombre rebelde
El hombre rebelde La revolución, obedeciendo al nihilismo, se ha vuelto en efecto contra sus orígenes rebeldes. El hombre que odiaba a la muerte y al dios de la muerte, que desesperaba de la supervivencia personal, ha querido liberarse en la inmortalidad de la especie. Pero mientras el grupo no domina el mundo, mientras la especie no reina en él, hay que seguir muriendo. El tiempo apremia entonces, la persuasión pide el ocio, la amistad una construcción sin fin: el terror sigue en el camino más corto de la inmortalidad. Pero estas extremas perversiones gritan, al mismo tiempo, la nostalgia del primitivo valor rebelde. La revolución contemporánea que pretende negar todo valor es ya, en sí misma, un juicio de valor. El hombre, por ella, quiere reinar. Pero ¿por qué reinar si nada tiene sentido? ¿Por qué la inmortalidad si el rostro de la vida es horroroso? No hay pensamiento absolutamente nihilista, sino, quizás, en el suicidio, igual que no hay materialismo absoluto. La destrucción del hombre afirma aún al hombre. El terror y los campos de concentración son los medios extremos que utiliza el hombre para huir de la soledad. La sed de unidad debe realizarse, incluso en la fosa común. Si matan a hombres, es porque rechazan la condición mortal y quieren la inmortalidad para todos. Se matan entonces de cierta manera. Pero al mismo tiempo prueban que no pueden pasar sin el hombre; satisfacen un hambre horrenda de fraternidad. «La criatura debe tener una alegría, y cuando no tiene alegría, necesita una criatura». Quienes rechazan el sufrimiento de ser y de morir quieren, entonces, dominar. «La soledad es el poder», dice Sade. El poder, hoy día, para miles de solitarios, porque significa el sufrimiento del otro, confiesa la necesidad del otro. El terror es el homenaje que rencorosos solitarios acaban rindiendo a la fraternidad de los hombres.