El hombre rebelde
El hombre rebelde «Me rebelo, luego existimos», decía el esclavo. La rebeldía metafísica añadía entonces el «estamos solos», del que aún vivimos hoy. Pero si estamos solos bajo el cielo vacío, si, por lo tanto, es preciso morir para siempre, ¿cómo podemos existir realmente? La rebeldía metafísica trató entonces de hacer ser a base de parecer. Tras lo cual los pensamientos puramente históricos dijeron que ser era hacer. No éramos, pero debíamos ser por todos los medios. Nuestra revolución es un intento de conquistar un ser nuevo, por medio del hacer, fuera de toda regla moral. Por eso se condena a no vivir más que para la historia, y en el terror. El hombre no es nada, según ella, si no obtiene en la historia, de grado o por fuerza, el consentimiento unánime. En este punto preciso, el límite está superado, la rebeldía es traicionada, primero, y lógicamente asesinada, después, pues no ha afirmado nunca en su movimiento más puro sino la existencia de un límite, precisamente, y el ser dividido que somos: no es originariamente la negación total de todo ser. Al contrario, dice al mismo tiempo sí y no. Es el rechazo de una parte de la existencia en nombre de otra parte que exalta. Cuanto más profunda es esta exaltación, más implacable es el rechazo. Después, cuando, en el vértigo y el furor, la rebeldía pasa al todo o nada, a la negación de todo ser y de toda naturaleza humana, se repudia en este punto. Sólo la negación total justifica el proyecto de una totalidad que conquistar. Pero la afirmación de un límite, de una dignidad y de una belleza comunes a los hombres, sólo trae consigo la necesidad de extender este valor a todos y a todo y de avanzar hacia la unidad sin renegar de los orígenes. En este sentido, la rebeldía, en su autenticidad primera, no justifica pensamiento alguno puramente histórico. La reivindicación de la rebeldía es la unidad, la reivindicación de la revolución histórica la totalidad. La primera arranca del no apoyado en un sí, la segunda arranca de la negación absoluta y se condena a todas las servidumbres para fabricar un sí relegado al término de los tiempos. Una es creadora, la otra nihilista. La primera está destinada a crear para ser cada vez más, la segunda obligada a producir para negar cada vez mejor. La revolución histórica se obliga a obrar siempre en la esperanza, decepcionada sin cesar, de ser un día. Ni siquiera el consentimiento unánime bastará para crear el ser. «Obedeced», decía Federico el Grande a sus súbditos. Pero, al morir: «Estoy cansado de reinar sobre esclavos». Para escapar a este destino absurdo, la revolución está y estará condenada a renunciar a sus propios principios, al nihilismo y al valor puramente histórico, para volver a encontrar la fuente creadora de la rebeldía. La revolución, para ser creadora, no puede prescindir de una regla, moral o metafísica, que equilibre el delirio histórico. Sin duda, no tiene más que un desprecio justificado por la moral formal y mistificadora que encuentra en la sociedad burguesa. Pero su locura ha consistido en extender dicho desprecio a toda reivindicación moral. En sus mismos orígenes, y en sus impulsos más profundos, se halla una regla que no es formal y que, no obstante, puede servirle de guía. La rebeldía, en efecto, le dice y le dirá cada vez más fuerte que hay que tratar de hacer, no para empezar a ser un día, a los ojos de un mundo reducido al consentimiento, sino en función de ese ser oscuro que se descubre ya en el movimiento de insurrección. Esta regla no es ni formal ni está sometida a la historia, es lo que podremos precisar descubriéndola en estado puro, en la creación artística. Observemos sólo, de antemano, que al «Me rebelo, luego existimos», al «Existimos solos» de la rebeldía metafísica, la rebeldía enfrentada con la historia, añade que en vez de matar y morir para producir el ser que no somos, hemos de vivir y hacer vivir para crear lo que somos.