El hombre rebelde
El hombre rebelde «Creo cada vez más —escribe Van Gogh— que no hay que juzgar a Dios por este mundo. Es un estudio de él poco acertado». Todo artista trata de rehacer este estudio y de darle el estilo que le falta. La mayor y más ambiciosa de todas las artes, la escultura, se empeña en fijar en las tres dimensiones la figura escurridiza del hombre, en reducir el desorden de los gestos a la unidad del gran estilo. La escultura no rechaza el parecido que, al contrario, necesita. Pero no lo busca en un principio. Lo que busca, en sus grandes épocas, es el gesto, la expresión o la mirada vacÃa que resumirán todos los gestos y todas las miradas del mundo. Su propósito no es imitar, sino estilizar, y aprisionar en una expresión significativa el furor pasajero de los cuerpos o el torbellino infinito de las actitudes. Sólo entonces erige en el frontón de las ciudades tumultuosas el modelo, el prototipo, la inmóvil perfección que calmará, por un momento, la incesante fiebre de los hombres. El amante frustrado por el amor podrá dar vueltas en torno a las korai griegas para apropiarse de lo que, en el cuerpo y el rostro de la mujer, sobrevive a toda degradación.