El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Pero del mismo modo que no hay nihilismo que no acabe suponiendo un valor, ni materialismo que, pensándose a sí mismo, no llegue a contradecirse, el arte formal y el arte realista son nociones absurdas. Ningún arte puede rechazar de modo absoluto lo real. La Gorgona es indudablemente una criatura puramente imaginaria; su hocico y las serpientes que la coronan existen en la naturaleza. El formalismo puede llegar a vaciarse cada vez más de contenido real, pero siempre le aguarda un límite. Hasta la geometría pura en la que desemboca a veces la pintura abstracta reclama de todos modos al mundo exterior su color y sus relaciones de perspectiva. El verdadero formalismo es silencio. Asimismo, el realismo no puede prescindir de un mínimo de interpretación y de arbitrariedad. La mejor fotografía traiciona ya lo real, nace de una elección y da un límite a lo que no lo tiene. El artista realista y el artista formal buscan la unidad en donde no está, en lo real en su estado bruto, o en la creación imaginaria que cree expulsar toda realidad. Por el contrario, la unidad en arte surge al término de la transformación que el artista impone a lo real. No puede pasar sin una ni otra. Esta corrección[6], que el artista opera con su lenguaje y con una redistribución de elementos sacados de lo real, se llama el estilo y da al universo recreado su unidad y sus límites. Apunta en todo rebelde, y logra en algunos genios, a dar su ley al mundo. «Los poetas —dice Shelley— son legisladores, no reconocidos, del mundo».


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