El hombre rebelde

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De igual manera, lo que se llama comúnmente la novela realista quiere ser la reproducción de lo real en lo que tiene de inmediato. Reproducir los elementos de lo real sin elegir nada en ellos sería, si tal empresa pudiera imaginarse, repetir estérilmente la creación. El realismo no debería ser más que el medio de expresión del genio religioso, lo que el arte español deja presentir admirablemente, o, en el otro extremo, el arte de los simios que se contentan con lo que es, y que lo imitan. De hecho, el arte nunca es realista; tiene a veces la tentación de serlo. Para ser verdaderamente realista, una descripción se condena a no tener fin. Allí donde Stendhal describe, con una frase, la entrada de Lucien Leuwen en un salón, el artista realista debería, en buena lógica, utilizar varias toneladas de papel para describir personajes y decoraciones, sin conseguir aún agotar el detalle. El realismo es la enumeración indefinida. Revela con ello que su ambición verdadera es la conquista, no de la unidad, sino de la totalidad del mundo real. Se comprende entonces que sea la estética oficial de una revolución de la totalidad. Pero esta estética ha demostrado ya su imposibilidad. Las novelas realistas eligen a pesar suyo en lo real, porque la elección y la superación de la realidad son la condición misma del pensamiento y de la expresión[7]. Escribir es ya elegir. Hay pues una arbitrariedad de lo real, como una arbitrariedad de lo ideal, que hace de la novela realista una novela de tesis implícita. Reducir la unidad del mundo novelesco a la totalidad de lo real no puede hacerse sino a merced de un juicio a priori que elimine de lo real lo que no conviene a la doctrina. El realismo llamado socialista está entonces destinado, por la lógica misma de su nihilismo, a acumular las ventajas de la novela edificante y de la literatura de propaganda.


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