El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero el infierno sólo dura un tiempo, la vida vuelve a empezar un día. La historia quizá tenga un final; nuestra tarea, con todo, no estriba en terminarla, sino en crearla, a imagen de lo que desde ahora sabemos verdadero. El arte, al menos, nos enseña que el hombre no se resume tan sólo en el orden de la naturaleza. El gran Pan, para él, no ha muerto. Su rebeldía más instintiva, al mismo tiempo que afirma el valor, la dignidad común a todos, reivindica obstinadamente, para saciar su hambre de unidad, una parte intacta de lo real cuyo nombre es la belleza. Se puede rechazar toda la historia y armonizarse no obstante con el mundo de las estrellas y del mar. Los rebeldes que quieren ignorar la naturaleza y la belleza se condenan a exiliar de la historia que quieren hacer la dignidad del trabajo y del ser. Todos los grandes reformadores tratan de edificar en la historia lo que Shakespeare, Cervantes, Molière, Tolstói han sabido crear: un mundo siempre pronto a saciar la sed de libertad y de dignidad que está en el corazón de todo hombre. La belleza, sin duda, no hace las revoluciones. Pero llega un día en que las revoluciones tienen necesidad de ella. Su regla que discute lo real al mismo tiempo que le da su unidad es también la de la rebeldía. ¿Se puede rechazar, eternamente, la injusticia sin dejar de reconocer la naturaleza del hombre y la belleza del mundo? Nuestra respuesta es que sí. Esta moral, al mismo tiempo insumisa y fiel, es en todo caso la única que ilumina el camino de una revolución verdaderamente realista. Manteniendo la belleza, preparamos ese día de renacimiento en el que la civilización pondrá en el centro de su reflexión, lejos de los principios formales y de los valores degradados de la historia, esa virtud viva que cimenta la común dignidad del mundo y del hombre, y que tenemos que definir ahora frente a un mundo que la insulta.