El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Mientras tanto, la revolución victoriosa, en la locura de su nihilismo, amenaza a aquellos que, contra ella, pretenden mantener la unidad en la totalidad. Uno de los sentidos de la historia de hoy, y más aún de mañana, es la lucha entre los artistas y los nuevos conquistadores, entre los testigos de la revolución creadora y los constructores de la revolución nihilista. Sobre el resultado de la lucha, sólo cabe hacerse ilusiones razonables. Al menos sabemos, desde ahora, que ha de llevarse a cabo. Los conquistadores modernos pueden matar, pero parecen no poder crear. Los artistas saben crear, pero no pueden realmente matar. No se encuentran asesinos sino excepcionalmente entre los artistas. A la larga, el arte en nuestras sociedades revolucionarias debería pues morir. Pero entonces la revolución tocará a su fin. Cada vez que, en un hombre, mata al artista que habría podido ser, la revolución se extenúa un poco más. Si, por último, los conquistadores sometieran el mundo a su ley, no probarían que la cantidad es reina, sino que este mundo es un infierno. En este mismo infierno, el lugar del arte coincidiría aún con el de la rebeldía vencida, esperanza ciega y vacía en el hueco de los días desesperados. Ernst Dwinger, en su Journal de la Sibérie, habla de aquel teniente alemán que, preso desde hacía años en un campo en que reinaban el frío y el hambre, se había construido, con teclas de madera, un piano silencioso. Allí, en el amontonamiento de la miseria, en medio de un tropel harapiento, componía una extraña música que él era el único en oír. Así, arrojados al infierno, misteriosas melodías y las imágenes crueles de la belleza sumergida nos traerían siempre, en medio del crimen y la locura, el eco de aquella insurrección armoniosa que atestigua a lo largo de los siglos en pro de la grandeza humana.


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