El hombre rebelde

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Para dominar las pasiones colectivas, en efecto, hay que vivirlas y experimentarlas, al menos relativamente. Al mismo tiempo que las experimenta, el artista es devorado por ellas. Resulta que nuestra época es más bien la del reportaje que la de la obra de arte. Le falta un programa justo de trabajo. Por último, el ejercicio de tales pasiones acarrea posibilidades de muerte mayores que en tiempos del amor o de la ambición, siendo la única manera de vivir auténticamente la pasión colectiva la aceptación de morir para ella y por ella. La mayor posibilidad de autenticidad es, hoy día, la mayor posibilidad de fracaso para el arte. Si la creación es imposible en medio de las guerras y las revoluciones, no tendremos creadores porque guerra y revolución son nuestro destino. El mito de la producción indefinida lleva en sí la guerra como el nubarrón la tormenta. Las guerras asolan entonces a Occidente y matan a Péguy. Apenas surgida de las ruinas, la máquina burguesa ve salir a su encuentro la máquina revolucionaria. Péguy ni siquiera ha tenido tiempo de renacer; la guerra que amenaza matará a todos aquellos que, quizás, habrían sido Péguy. Si un clasicismo creador se mostrase, no obstante, posible, hay que reconocer que, aun ilustrado en un solo nombre, sería la obra de una generación. Las probabilidades de fracasos, en el siglo de la destrucción, sólo pueden ser compensadas por las probabilidades numéricas, es decir, la probabilidad de que de diez artistas auténticos, uno al menos sobreviva, tome a su cargo las primeras pruebas de sus hermanos y logre encontrar, en su vida, a la vez el tiempo de la pasión o el tiempo de la creación. El artista, lo quiera o no, ya no puede ser un solitario, a no ser en el triunfo melancólico que debe a todos sus pares. El arte en rebeldía acaba también revelando el «Existimos» y con él el camino de una feroz humildad.


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