El hombre rebelde
El hombre rebelde En cuanto golpea, el rebelde parte el mundo por la mitad. Se levantaba en nombre de la identidad del hombre con el hombre y sacrifica la identidad consagrando, con la sangre, la diferencia. Su solo ser, en el corazón de la miseria y de la opresión, estaba en esta identidad. El mismo movimiento, que apuntaba a afirmarla, lo hace, pues, dejar de ser. Puede decir que algunos, o incluso casi todos, están con él. Pero que falte un solo ser en el mundo irremplazable de la fraternidad y éste queda despoblado. Si nosotros no existimos, yo no existo, asà se explican la infinita tristeza de Kaliayev y el silencio de Saint-Just. Los rebeldes, decididos, en vano, a pasar por la violencia y el crimen, para guardar la esperanza de ser, sustituyen el Existimos por el Existiremos. Cuando el criminal y la vÃctima hayan desaparecido, la comunidad volverá a formarse sin ellos. La excepción habrá dejado de vivir, la regla volverá a ser posible. Al nivel de la historia, igual que en la vida individual, el crimen es asà una excepción desesperada o no es nada. La ruptura que efectúa en el orden de las cosas no tiene porvenir. Es insólita y por tanto no puede ser utilizada, ni sistemática, como quiere la actitud puramente histórica. Es el lÃmite que no se puede alcanzar más que una vez y después hay que morir. El rebelde sólo tiene una manera de reconciliarse con su acto criminal si se ha dejado llevar a él: aceptar su propia muerte y el sacrificio. Mata y muere para que quede claro que el crimen es imposible. Muestra entonces que prefiere en realidad el Existimos al Existiremos. La felicidad serena de Kaliayev en la cárcel y la serenidad de Saint-Just yendo hacia el patÃbulo quedan a su vez explicadas. Más allá de esa extrema frontera empiezan la contradicción y el nihilismo.