El hombre rebelde
El hombre rebelde En efecto, no hay nada en común entre un amo y un esclavo, no se puede hablar y comunicarse con un ser esclavizado. En vez de ese diálogo implÃcito y libre mediante el cual reconocemos nuestra semejanza y consagramos nuestro destino, la servidumbre hace reinar el más terrible de los silencios. Si la injusticia es mala para el rebelde, no es porque contradice una idea eterna de la justicia, que no sabemos dónde situar, sino porque perpetúa la muda hostilidad que separa al opresor del oprimido. Mata al poco ser que puede venir al mundo por la complicidad de los hombres entre ellos. De la misma manera, puesto que el hombre que miente se cierra a los otros hombres, la mentira se halla proscrita y, en un grado más bajo, el crimen y la violencia, que imponen el silencio definitivo. La complicidad y la comunicación descubiertas por la rebeldÃa no pueden vivirse sino en el libre diálogo. Cada equÃvoco, cada malentendido suscita la muerte; el lenguaje claro, la palabra simple, es el único que puede salvar de esta muerte[1]. La cumbre de todas las tragedias está en la sordera de los héroes. Platón tiene razón contra Moisés y Nietzsche. El diálogo a altura del hombre resulta menos caro que el evangelio de las religiones totalitarias, monologado y dictado desde lo alto de una montaña solitaria. En las tablas, igual que en la vida, el monólogo precede a la muerte. Todo rebelde, por el solo movimiento que lo levanta frente al opresor, aboga, pues, en favor de la vida, se compromete a luchar contra la servidumbre, la mentira y el terror y afirma, en lo que dura un relámpago, que estas tres plagas hacen reinar el silencio entre los hombres, los oscurecen unos a otros y les impiden encontrarse en el único valor que puede salvarlos del nihilismo, la larga complicidad de los hombres en lucha con su destino.