El hombre rebelde
El hombre rebelde En lo que dura un relámpago. Pero con esto basta, provisionalmente, para decir que la libertad más extrema, la de matar, no es compatible con las razones de la rebeldía. La rebeldía no es en modo alguno una reivindicación de libertad total. Por el contrario, la rebeldía entabla el proceso de la libertad total. Discute precisamente el poder ilimitado que autoriza a un superior a violar la frontera prohibida. Lejos de reivindicar una independencia general, el rebelde quiere que se reconozca que la libertad tiene sus límites dondequiera que se encuentre un ser humano, siendo precisamente el límite el poder de rebeldía de dicho ser. La razón profunda de la intransigencia rebelde está aquí. Cuanto más consciente es la rebeldía de reivindicar un límite justo, más inflexible es. El rebelde exige sin duda cierta libertad para sí mismo; pero en ningún caso, si es consecuente, el derecho a destruir el ser y la libertad del otro. No humilla a nadie. La libertad que reclama, la reivindica para todos; la que rechaza, la prohíbe a todos. No es sólo esclavo contra amo, sino también hombre contra el mundo del amo y del esclavo. Hay, pues, merced a la rebeldía, algo más en la historia que la relación dominación y servidumbre. El poder ilimitado no es su única ley. El rebelde afirma en nombre de otro valor lo imposible de la libertad total al mismo tiempo que reclama para sí mismo la relativa libertad, necesaria para reconocer dicha imposibilidad. Cada libertad humana, en su raíz más profunda, es así relativa. La libertad absoluta, que es la de matar, es la única que no reclama al mismo tiempo que a sí misma lo que la limita y la anula. Se corta entonces de sus raíces, erra a la aventura, sombra abstracta y maléfica, hasta que se imagina encontrar un cuerpo en la ideología.