El hombre rebelde
El hombre rebelde Cabe decir, pues, que la rebeldía, cuando desemboca en la destrucción, es ilógica. Reclamando la unidad de la condición humana, es fuerza de vida, no de muerte. Su lógica profunda no es la de la destrucción; es la de la creación. Su movimiento, para permanecer auténtico, no debe abandonar tras de sí ninguno de los términos de la contradicción que lo sostiene. Debe ser fiel al sí que contiene al mismo tiempo que a aquel no que las interpretaciones nihilistas aíslan en la rebeldía. La lógica del rebelde es querer servir a la justicia para no aumentar la injusticia de su condición, esforzarse en el lenguaje claro para no espesar la mentira universal y apostar, frente al dolor de los hombres, por la felicidad. La pasión nihilista, aumentando la injusticia y la mentira, destruye en su rabia su exigencia antigua y se arranca así las razones más claras de su rebeldía. Mata, loca de sentir que este mundo está entregado a la muerte. La consecuencia de la rebeldía, por el contrario, consiste en rechazar su legitimación al crimen, puesto que, en su principio, es protesta contra la muerte.