El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Pero si el hombre fuese capaz de introducir por sí solo la unidad en el mundo, si pudiese hacer reinar en él, por su solo decreto, la sinceridad, la inocencia y la justicia, sería Dios mismo. Del mismo modo, si pudiese hacerlo, la rebeldía carecería en adelante de razones. Si hay rebeldía es porque la mentira, la injusticia y la violencia forman, en parte, la condición del rebelde. Éste no puede, pues, pretender absolutamente no matar, ni mentir, sin renunciar a su rebeldía, y aceptar de una vez por todas el crimen y el mal. Pero tampoco puede aceptar matar y mentir, puesto que el movimiento inverso que legitimaría crimen y violencia destruiría también las razones de su insurrección. El rebelde no puede, pues, hallar el reposo. Conoce el bien y a pesar suyo hace el mal. El valor que lo mantiene en pie nunca le es dado una vez para siempre. Debe sostenerlo sin cesar. El ser que obtiene se hunde si la rebeldía no lo sostiene de nuevo. En cualquier caso, si no puede siempre no matar, directa o indirectamente, puede emplear su fiebre y su pasión en disminuir la oportunidad del crimen en torno a él. Su única virtud consistirá, sumido en las tinieblas, en no ceder a su vértigo oscuro; en arrastrarse obstinadamente hacia el bien encadenado al mal. Si mata, al fin, aceptará la muerte. Fiel a sus orígenes, el hombre en rebeldía demuestra con el sacrificio que su verdadera libertad no tiene que ver con el crimen, sino con su propia muerte. Descubre al mismo tiempo el honor metafísico. Kaliayev se coloca entonces bajo la horca y designa visiblemente, a todos sus hermanos, el límite exacto donde empieza y acaba el honor de los hombres.


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