El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Una acción revolucionaria que quisiera ser coherente con sus orígenes debería resumirse en un consentimiento activo de lo relativo. Sería fiel a la condición humana. Intransigente tocante a sus medios, aceptaría la aproximación en cuanto a sus fines y, para que la aproximación se definiera cada vez mejor, daría libre curso a la palabra. Mantendría así ese ser común que justifica su insurrección. En particular, garantizaría al derecho la posibilidad permanente de expresarse. Esto define una conducta respecto a la justicia y a la libertad. No hay justicia, en sociedad, sin derecho natural o civil que la consolide. No hay derecho sin expresión de este derecho. Que el derecho se exprese sin esperar y probablemente, tarde o temprano, la justicia a la que consolida vendrá al mundo. Para conquistar el ser, hay que partir del poco ser que descubrimos en nosotros, no negarlo antes. Acallar el derecho hasta que la justicia esté establecida, es acallarlo para siempre, puesto que ya no tendrá ocasión de hablar si la justicia reina para siempre. De nuevo, se confía, pues, la justicia a los únicos que tienen la palabra, los poderosos. Desde hace siglos, la justicia y el ser distribuidos por los poderosos se han llamado capricho. Matar la libertad para hacer reinar la justicia equivale a rehabilitar la noción de gracia sin la intercesión divina y restaurar por una reacción vertiginosa el cuerpo místico bajo la forma de las especies bajas. Hasta cuando la justicia no está realizada, la libertad preserva el poder de la protesta y salva la comunicación. La justicia en un mundo silencioso, la justicia sojuzgada y muda, destruye la complicidad y al final no puede ser ya la justicia. La revolución del siglo XX ha separado arbitrariamente, con fines desmesurados de conquista, dos nociones inseparables. La libertad absoluta se mofa de la justicia. La justicia absoluta niega la libertad. Para ser fecundas, ambas nociones deben hallar sus límites la una en la otra. Ningún hombre considera su condición libre, si, al mismo tiempo, no es justa, ni justa si no se siente libre. Precisamente, la libertad no puede imaginarse sin el poder de decir con claridad lo justo y lo injusto, de reivindicar el ser entero en nombre de una parcela de ser que se niega a morir. Existe, por último, una justicia, aunque muy diferente, en restaurar la libertad, único valor imperecedero de la historia. Los hombres nunca mueren bien si no es por la libertad: entonces no creían morir del todo.


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