El hombre rebelde
El hombre rebelde El mismo razonamiento se aplica a la violencia. La no violencia absoluta consolida negativamente la servidumbre y sus violencias; la violencia sistemática destruye positivamente la comunidad viva y el ser que recibimos de ella. Para ser fecundas estas dos nociones han de hallar sus límites. En la historia considerada como un absoluto, la violencia se halla legitimada; como un riesgo relativo, es una ruptura de comunicación. Debe conservar, para el rebelde, su carácter provisional de ruptura y estar siempre ligada, si no puede ser evitada, a una responsabilidad personal, a un riesgo inmediato. La violencia de sistema se sitúa en el orden; es, en cierto sentido, confortable. Führerprinzip o Razón histórica, cualquiera que sea el principio que la consolida, reina en un universo de cosas, no de hombres. Así como el rebelde considera el crimen como el límite que debe, si lo alcanza, consagrar al morir, así la violencia sólo puede ser un límite extremo que se opone a otra violencia, por ejemplo en el caso de la insurrección. Si el exceso de la injusticia hace imposible evitar esta última, el rebelde se niega a poner la violencia al servicio de una doctrina o de una razón de Estado. Toda crisis histórica, por ejemplo, termina en instituciones. Si no podemos nada contra la crisis misma, que es el riesgo puro, sí podemos algo en las instituciones, puesto que podemos definirlas, elegir aquellas por las que luchamos e inclinar así nuestra lucha en su dirección. La acción rebelde auténtica no consentirá en armarse si no es por instituciones que limiten la violencia, no por las que la codifican. Una revolución no merece que se muera por ella si no asegura sin demora la supresión de la pena de muerte; que se sufra prisión si no rechaza de antemano la aplicación de castigos sin término previsible. Si la violencia insurreccional se despliega en la dirección de estas instituciones, anunciándolas lo más a menudo posible, ésa será la única manera para ella de ser realmente provisional. Cuando el fin es absoluto, es decir, históricamente hablando, cuando se lo cree cierto, se puede ir hasta sacrificar a los otros. Cuando no lo es, sólo se puede sacrificar a uno mismo, en la apuesta de la lucha por la dignidad común. ¿El fin justifica los medios? Es posible. Pero ¿quién justificará el fin? A esta pregunta, que el pensamiento histórico deja pendiente, contesta la rebeldía: los medios.