El hombre rebelde
El hombre rebelde ¿Qué significa tal actitud en política? Y, en primer lugar, ¿es eficaz? Hay que responder sin vacilar que es la única en serlo hoy día. Hay dos clases de eficacia, la del tifón y la de la savia. El absolutismo histórico no es eficaz, es eficiente: ha tomado y conservado el poder. Una vez provisto del poder, destruye la única realidad creadora. La acción intransigente y limitada, surgida de la rebeldía, mantiene esta realidad y trata solamente de extenderla cada vez más. No está dicho que esta acción no pueda vencer. Lo que sí está dicho es que corre el riesgo de no vencer y de morir. Pero o bien la revolución asumirá este riesgo o bien confesará que no es sino la empresa de nuevos dueños, merecedores del mismo desprecio. Una revolución a la que separan del honor traiciona sus orígenes que pertenecen al reino del honor. Su elección, en todo caso, se limita a la eficacia material y a la nada, o al riesgo y a la creación. Los antiguos revolucionarios iban a lo más urgente y su optimismo era total. Pero hoy día el espíritu revolucionario ha ganado en conciencia y en clarividencia; tiene detrás ciento cincuenta años de experiencia, sobre los cuales puede reflexionar. Además, la revolución ha perdido sus artificios de fiesta. Es, por sí sola, un prodigioso cálculo que se extiende al universo. Sabe, aunque no lo confiese siempre, que será mundial o no será. Sus posibilidades se equilibran con los riesgos de una guerra universal que, aun en caso de victoria, no le ofrecerá más que el Imperio de las ruinas. Puede entonces permanecer fiel a su nihilismo, encarnar en las fosas comunes la razón última de la historia. Habría entonces que renunciar a todo, excepto a la silenciosa música que transfigurará aún los infiernos terrestres. Pero el espíritu revolucionario, en Europa, puede asimismo, por primera y última vez, reflexionar sobre sus principios, preguntarse cuál es la desviación que lo extravía en el terror y en la guerra, y recobrar, con las razones de su rebeldía, su fidelidad.