El hombre rebelde

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Pero este ejemplo va más lejos de lo que parece. El día, precisamente, en que la revolución cesárea ha vencido al espíritu sindicalista y libertario, el pensamiento revolucionario ha perdido, en sí mismo, un contrapeso del que no puede, sin venir a menos, privarse. Este contrapeso, este espíritu que mide la vida, es el mismo que anima la larga tradición de lo que puede llamarse el pensamiento solar y en el que, desde los griegos, la naturaleza ha sido equilibrada siempre con el devenir. La historia de la Primera Internacional en la que el socialismo alemán lucha sin cesar contra el pensamiento libertario de los franceses, los españoles y los italianos, es la historia de las luchas entre la ideología alemana y el espíritu mediterráneo[8]. La comuna contra el Estado, la sociedad concreta contra la sociedad absolutista, la libertad reflexiva contra la tiranía racional, el individualismo altruista, por último, contra la colonización de las masas, son entonces las antinomias que traducen, una vez más, la larga confrontación entre la mesura y la desmesura que anima la historia de Occidente, desde el mundo antiguo. El conflicto profundo de este siglo puede que no se establezca tanto entre las ideologías alemanas de la historia y la política cristiana, que de cierta manera son cómplices, cuanto entre los sueños alemanes y la tradición mediterránea, las violencias de la eterna adolescencia y la fuerza viril, la nostalgia, exasperada por el conocimiento y los libros, y el valor endurecido y clarificado en el transcurso de la vida; la historia por fin y la naturaleza. Pero la ideología alemana es en esto una heredera. En ella se acaban veinte siglos de vana lucha contra la naturaleza en nombre de un dios histórico primero y de la historia divinizada después. El cristianismo, sin duda, no ha podido conquistar su catolicidad sino asimilando lo que podía del pensamiento griego. Pero cuando la Iglesia disipó su herencia mediterránea, puso el acento en la historia en detrimento de la naturaleza, hizo triunfar el gótico sobre el románico y, destruyendo un límite en ella misma, reivindicó cada vez más el poder temporal y el dinamismo histórico. La naturaleza que dejó de ser objeto de contemplación y de admiración no pudo ser después más que la materia de la acción que pretende transformarla. Estas tendencias, y no las nociones de mediación que habrían constituido la fuerza verdadera del cristianismo, han triunfado en los tiempos modernos, y contra el propio cristianismo, por una justa compensación. Que se expulse, en efecto, a Dios de este universo histórico y nace la ideología alemana en la que la acción ya no es perfeccionamiento sino pura conquista, o sea tiranía.


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