El hombre rebelde
El hombre rebelde La verdadera soberanÃa consiste en hacer justicia de los prejuicios del tiempo, y en principio del más profundo y más desdichado de ellos que quiere que el hombre liberado de la desmesura quede reducido a una cordura pobre. Es muy cierto que la desmesura puede ser una santidad, cuando se paga con la locura de Nietzsche. Pero esta embriaguez del alma que se exhibe en el teatro de nuestra cultura, ¿es siempre el vértigo de la desmesura, la locura de lo imposible cuya quemadura no deja ya nunca a quien, una vez al menos, se ha abandonado a ella? ¿Prometeo tuvo nunca ese semblante de ilota o de fiscal? No, nuestra civilización se perpetúa en la complacencia de almas cobardes o rencorosas, el anhelo de vanagloria de viejos adolescentes. Lucifer también murió con Dios y, de sus cenizas, ha surgido un demonio mezquino que ni siquiera ve por dónde se aventura. En 1950, la desmesura es un confort, siempre, y una carrera, a veces. La mesura, por el contrario, es una pura tensión. SonrÃe sin duda y nuestros convulsionarios, sometidos a laboriosos apocalipsis, la desprecian por ello. Pero esta sonrisa resplandece en la cumbre de un interminable esfuerzo: es una fuerza suplementaria. Esos pequeños europeos que nos muestran una faz avara, si no tienen ya la fuerza de sonreÃr, ¿por qué iban a pretender dar sus convulsiones desesperadas como ejemplos de superioridad?