El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Es porque los antiguos, si bien creían en el destino, antes creían en la naturaleza, de la que participaban. Rebelarse contra la naturaleza es lo mismo que rebelarse contra sí. Es darse de cabeza contra la pared. La única rebeldía coherente es entonces el suicidio. El propio destino griego es una potencia ciega que se soporta como se soportan las fuerzas naturales. El colmo de la desmesura para un griego es dar azotes al mar, locura de bárbaro. El griego pinta sin duda la desmesura, ya que existe, pero le asigna su lugar, y por tanto un límite. El reto de Aquiles tras la muerte de Patroclo, las imprecaciones de los héroes trágicos maldiciendo su destino, no arrastran la condenación total. Edipo sabe que no es inocente. Es culpable a pesar suyo, forma asimismo parte del destino. Se lamenta, pero no pronuncia las palabras irreparables. La misma Antígona, si se rebela, es en nombre de la tradición, para que sus hermanos hallen el reposo en la tumba y sean observados los ritos. En cierto sentido, se trata en ella de una rebeldía reaccionaria. La reflexión griega, ese pensamiento de dos caras, casi siempre deja correr en contrapunto, detrás de las melodías más desesperadas, la palabra eterna de Edipo que, ciego y miserable, reconocerá que todo está bien. El sí se equilibra con el no. Incluso cuando Platón prefigura en Calicles el tipo vulgar de nietzscheano, incluso cuando éste exclama: «Pero que aparezca un hombre poseyendo la naturalidad que conviene […] se escapa, pisotea nuestras fórmulas, nuestros embrujos, nuestros hechizos y esas leyes que, todas ellas, sin excepción, son contrarias a la naturaleza. Nuestro esclavo se ha insurreccionado y se ha revelado amo», incluso entonces, pronuncia la palabra naturaleza, si bien rechaza la ley.


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