El hombre rebelde
El hombre rebelde No se puede decir, pues, que los antiguos ignoraran la rebeldía metafísica. Levantaron, mucho antes que Satán, una dolorosa y noble imagen del Rebelde y nos dieron el mayor mito de la inteligencia en rebeldía. El inagotable genio griego, que concedió una parte tan importante a los mitos de la adhesión y la modestia, supo dar, no obstante, su modelo a la insurrección. Indiscutiblemente, algunos de los rasgos prometeicos reviven aún en la historia de rebeldía que vivimos: la lucha contra la muerte («Yo he libertado a los hombres de la obsesión de la muerte»), el mesianismo («Yo he instalado en ellos las ciegas esperanzas»), la filantropía («Enemigo de Zeus […] por haber amado en demasía a los hombres»).
Pero no se puede olvidar que el Prometeo portador del fuego, último término de la trilogía esquiliana, anunciaba el reino del hombre en rebeldía perdonado. Los griegos no emponzoñan nada. En sus audacias más extremas, permanecen fieles a esa mesura, que habían deificado. Su hombre en rebeldía no se levanta contra la creación entera, sino contra Zeus, que no pasa de ser uno de los dioses, y cuyos días están medidos. El mismo Prometeo es un semidiós. Se trata de un ajuste de cuentas particular, de una actitud polémica sobre el bien, y no de una lucha universal entre el mal y el bien.