El hombre rebelde

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La horrible tristeza de Epicuro tiene ya un sonido nuevo. Nace, sin duda, de la angustia de la muerte que no es ajena al espíritu griego. Pero el acento patético que adquiere esta angustia es revelador. «Uno puede asegurarse contra todo tipo de cosas; pero en lo tocante a la muerte, somos todos como habitantes de una ciudadela desmantelada». Lucrecio precisa: «La substancia de este vasto mundo está reservada a la muerte y a la ruina». ¿Por qué reservar el gozo para más tarde? «De espera en espera —dice Epicuro— consumimos nuestra vida y morimos todos esforzándonos». Hay que gozar, pues. Pero ¡qué gozo tan extraño! Consiste en cegar los muros de la ciudadela, en asegurarse el pan y el agua, en la sombra silenciosa. Puesto que la muerte nos amenaza, hay que demostrar que la muerte no es nada. Como Epicteto y Marco Aurelio, Epicuro destierra la muerte del ser. «La muerte no es nada con respecto a nosotros, pues lo que está disuelto es incapaz de sentir, y lo que no siente no es nada para nosotros». ¿Es la nada? No, pues todo en este mundo es materia y morir significa tan sólo retornar al elemento. El ser es la piedra. La singular voluptuosidad de que habla Epicuro reside sobre todo en la ausencia de dolor; es la felicidad de las piedras. Para escapar del destino, en un movimiento admirable que volveremos a encontrar en nuestros grandes clásicos, Epicuro mata la sensibilidad; y en principio el primer grito de la sensibilidad que es la esperanza. Lo que dice el filósofo griego de los dioses no se entiende de otro modo. Toda la desdicha de los hombres viene de la esperanza que los arranca del silencio de la ciudadela, que los arroja a las murallas en la espera de la salvación. Estos movimientos irrazonables no tienen más efecto que volver a abrir heridas cuidadosamente vendadas. Es por eso por lo que Epicuro no niega a los dioses, los aleja, pero tan vertiginosamente, que al alma no le queda más salida que emparedarse de nuevo. «El ser dichoso e inmortal no tiene problemas ni se los crea a nadie». Y Lucrecio, yendo más lejos: «Es indiscutible que los dioses, por su propia naturaleza, gozan de la inmortalidad en medio de la paz más profunda, ajenos a nuestros problemas de los que están totalmente apartados». Olvidemos, pues, a los dioses, no pensemos nunca en ellos y «ni vuestros pensamientos del día ni vuestros sueños de la noche os causarán trastornos».


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