El hombre rebelde

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El gnosticismo, que es el fruto de una colaboración grecocristiana, intentó durante dos siglos, en reacción contra el pensamiento judaico, acentuar este movimiento. Se conoce la multiplicidad de intercesores imaginados por Valentín, por ejemplo. Pero los eones de aquella kermesse metafísica representan el mismo papel que las verdades intermediarias en el helenismo. Tratan de atenuar lo absurdo de un cara a cara entre el hombre miserable y el dios implacable. Es el papel, en particular, del segundo dios cruel y belicoso de Marción. Este demiurgo creó el mundo finito y la muerte. Debemos odiarlo al mismo tiempo que debemos negar su creación, mediante la ascesis, hasta destruirla merced a la abstinencia sexual. Se trata, pues, de una ascesis orgullosa y en rebeldía. Simplemente, Marción inclina la rebeldía hacia un dios inferior para exaltar más al dios superior. La gnosis por sus orígenes griegos es conciliadora y tiende a destruir la herencia judaica en el cristianismo. Quiere también evitar anticipadamente el agustinismo, en la medida en que éste facilita argumentos a toda rebelión. Para Basílides, por ejemplo, los mártires han pecado, y hasta el mismo Cristo, puesto que sufren. Idea singular, pero que tiende a suprimir su injusticia al sufrimiento. Los gnósticos quisieron tan sólo sustituir la gracia omnipotente y arbitraria por la noción griega de iniciación que deja al hombre todas sus oportunidades. La multitud de sectas, entre los gnósticos de la segunda generación, traduce este esfuerzo múltiple y obstinado del pensamiento griego para hacer más asequible el mundo cristiano, y suprimir sus razones a una rebeldía que el helenismo consideraba como el peor de los males. Pero la Iglesia condenó este esfuerzo, y al condenarlo, multiplicó a los rebeldes.


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