El hombre rebelde
El hombre rebelde No pueden esperar imponerse a todo el universo mientras el universo no haya aceptado la ley del crimen. Sade ni siquiera creyó jamás que su nación se prestara al esfuerzo suplementario que la haría «republicana». Pero si el crimen y el deseo no son la ley de todo el universo, si no reinan al menos en un territorio definido, no son ya principio de unidad, sino fermentos de conflicto. No son ya la ley, y el hombre retorna a la dispersión y al azar. Hay que crear, pues, de cabo a rabo un mundo que responda a la medida exacta de la nueva ley. La exigencia de unidad, frustrada por la Creación, se satisface a la fuerza en un microcosmos. La ley del poder nunca tiene paciencia para alcanzar el imperio del mundo. Necesita delimitar sin tardar el terreno en que se ejerce, aunque haya que cercarla con alambradas y torres de control.