El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Sade habitaba asimismo la torre de la Libertad, pero en la Bastilla. La rebeldía absoluta se entierra con él en una fortaleza sórdida de la que nadie, ni perseguidos ni perseguidores, puede salir. Para fundar su libertad, se ve obligado a organizar la necesidad absoluta. La libertad ilimitada del deseo significa la negación del otro y la supresión de la piedad. Hay que matar el corazón, esa «debilidad del espíritu»; el recinto hermético y el reglamento se encargarán de ello. El reglamento, que desempeña un papel capital en los castillos fabulosos de Sade, consagra un universo de desconfianza. Ayuda a preverlo todo para que una ternura o una piedad imprevistas no vayan a estorbar los planes del placer arbitrario. Curioso placer sin duda, que se ejerce bajo mandato. «¡Os levantaréis todos los días a las diez de la mañana…!». Pero hay que impedir que el goce degenere en apego, hay que ponerlo entre paréntesis y endurecerlo. Además, no hay que dejar que los objetos del goce aparezcan jamás como personas. Si el hombre es «una especie de planta absolutamente material», sólo puede ser tratado como objeto, y como objeto de experimentación. En la república alambrada de Sade sólo hay mecánica y mecánicos. El reglamento, modo de uso de la mecánica, da a todo su lugar. Esos conventos infames tienen su regla, significativamente copiada de la de las comunidades religiosas. Así, el libertino se prestará a la confesión pública. Pero el criterio cambia: «Si su conducta es pura se culpa».


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