El hombre rebelde
El hombre rebelde ¿Qué vendría a hacer, en este universo, el goce, la gran alegría florida de los cuerpos consintientes y cómplices? Se trata de una búsqueda imposible para escapar de la desesperación y que, sin embargo, acaba en desesperación, de una carrera de la esclavitud a la esclavitud, y de la prisión a la prisión. Si sólo es verdadera la naturaleza, si, en la naturaleza, sólo son legítimos el deseo y la destrucción, entonces, de destrucción en destrucción, no bastando ya a la sed de sangre el propio reino humano, hay que correr a la aniquilación universal. Hay que hacerse, según la fórmula de Sade, el verdugo de la naturaleza. Pero ni eso mismo se logra tan fácilmente. Cuando la contabilidad está cerrada, cuando todas las víctimas han sido destruidas, los verdugos quedan cara a cara, en el castillo solitario. Algo les falta aún. Los cuerpos torturados regresan por sus elementos a la naturaleza de la que renacerá la vida. El crimen mismo no está acabado: «El crimen sólo quita la primera vida al individuo al que matamos, habría que poder arrancarle la segunda…». Sade barrunta el atentado contra la creación: «Aborrezco la naturaleza… Quisiera entorpecer sus planes, contrarrestar su marcha, parar la rueda de los astros, trastornar los globos que flotan en el espacio, destruir lo que le sirve, proteger lo que le es nocivo, en una palabra insultarla en sus obras, y no logro conseguirlo». En vano imagina a un mecánico capaz de pulverizar el universo: sabe que en el polvo de los globos la vida seguirá. El atentado contra la creación es imposible. No puede destruirse todo, queda siempre un residuo. «No logro conseguirlo…», este universo implacable y glacial se relaja de pronto en la atroz melancolía merced a la cual Sade, por último, nos conmueve cuando no lo querría. «Quizá pudiéramos atacar al sol, privar de él al universo o usarlo para abrasar al mundo, eso serían crímenes…». Sí, serían crímenes, pero no el crimen definitivo. Hay que seguir andando, los verdugos se miden con la mirada.