El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Lógicamente, pues esta obstinación en el satanismo no puede justificarse más que por la afirmación repetida sin cesar de la injusticia y, en cierta manera, por su consolidación. El dolor, en esta fase, sólo parece aceptable a condición de que no tenga remedio. El hombre en rebeldía elige la metafísica de lo peor, que se expresa en la literatura de la condenación de la que no hemos salido aún. «Sentía mi fuerza y sentía los grilletes» (Petrus Borel). Pero a estos grilletes se los quiere. Sin ellos, habría que demostrar, o ejercer, la fuerza que a fin de cuentas no se está seguro de poseer. Para terminar, se hace uno funcionario en Argelia, y Prometeo, con el mismo Borel, quiere cerrar las tabernas y reformar las costumbres de los colonos. Qué más da: todo poeta, para ser admitido, debe ser entonces maldito[6]. Charles Lassailly, el mismo que proyectaba una novela filosófica, Robespierre et Jésus-Christ, no se acuesta nunca sin proferir, para sostenerse, algunas fervientes blasfemias. La rebeldía se engalana de luto y se hace admirar en las tablas. Mucho más que el culto al individuo, el romanticismo inaugura el culto al personaje. Es entonces cuando es lógico. Sin esperar ya la regla o la unidad de Dios, empeñada en unirse contra un destino enemigo, impaciente por mantener todo lo que puede serlo aún en un mundo destinado a la muerte, la rebeldía romántica busca una solución en la actitud. La actitud reúne en una unidad estética al hombre abandonado al azar y destruido por las violencias divinas. El ser que debe morir resplandece al menos antes de desaparecer, y este resplandor crea su justificación. Es un punto fijo, el único que se puede oponer al rostro en lo sucesivo petrificado del Dios de odio. El hombre en rebeldía, inmóvil, sostiene sin flaquear la mirada de Dios. «Nada cambiará —dice Milton— este espíritu fijo, este altivo desdén nacido de la conciencia ofendida». Todo se mueve y corre a la nada, pero el humillado se obstina y conserva al menos el orgullo. Un barroco romántico, descubierto por Raymond Queneau, pretende que el objeto de toda vida intelectual es convertirse en Dios. Este romántico, a decir verdad, se adelanta un poco a su época. El objeto sólo era entonces igualarse a Dios y mantenerse a su nivel. No se lo destruye, pero, merced a un esfuerzo incesante, se le niega toda sumisión. El dandismo es una forma degradada de la ascesis.


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