El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Con Iván, por el contrario, el tono cambia. Dios es juzgado a su vez, y desde arriba. Si el mal es necesario para la creación divina, esta creación es inaceptable entonces. Iván no se remitirá ya a ese Dios misterioso, sino a un principio más alto que es la justicia. Inaugura la empresa esencial de la rebeldía que consiste en sustituir el reino de la gracia por el de la justicia. Al mismo tiempo, inicia el ataque contra el cristianismo. Los rebeldes románticos rompían con Dios mismo, en tanto que principio de odio. Iván rechaza explícitamente el misterio y, por consiguiente, a Dios en tanto que principio de amor. Sólo el amor puede hacernos ratificar la injusticia hecha a Marta, a los obreros de las diez horas, y más lejos aún hacer admitir la muerte injustificable de los niños. «Si el sufrimiento de los niños —dice Iván— sirve para completar la suma de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo desde este momento que esta verdad no vale tal precio». Iván rechaza la dependencia profunda que ha introducido el cristianismo entre el sufrimiento y la verdad. El grito más profundo de Iván, el que abre los abismos más conmovederos bajo los pasos del hombre en rebeldía, es el aunque. «Mi indignación persistiría aunque no tuviera razón». Lo que significa que, aunque Dios existiera, aunque el misterio escondiera una verdad, aunque el stárets Zósimo tuviera razón, Iván no aceptaría que esta verdad se pagase con el mal, el sufrimiento y la muerte infligida al inocente. Iván encarna el rechazo de la salvación. La fe lleva a la vida inmortal. Pero la fe supone la aceptación del misterio y del mal, la resignación ante la injusticia. Aquel a quien el sufrimiento de los niños impide acceder a la fe no recibirá, pues, la vida inmortal. En estas condiciones, aunque la vida inmortal existiera, Iván la rechazaría. Rechaza este trato. No aceptaría la gracia más que incondicional y es por eso por lo que pone él mismo sus condiciones. La rebeldía lo quiere todo, o no quiere nada. «Toda la ciencia del mundo no vale las lágrimas de los niños». Iván no dice que no haya verdad. Dice que si hay una verdad, no puede más que ser inaceptable. ¿Por qué? Porque es injusta. La lucha de la justicia contra la verdad se declara aquí por primera vez, y será incesante. Iván, solitario, por tanto moralista, se contentará con una especie de quijotismo metafísico. Pero pasados unos lustros más, una inmensa conspiración política tenderá a hacer, de la justicia, la verdad.


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