El hombre rebelde
El hombre rebelde En este «todo está permitido» comienza realmente la historia del nihilismo contemporáneo. La rebeldÃa romántica no iba tan lejos. En resumidas cuentas, se limitaba a decir que todo no estaba permitido, pero que ella, por insolencia, se permitÃa lo que estaba prohibido. Con los Karamázov, por el contrario, la lógica de la indignación va a volver contra sà misma la rebeldÃa y lanzarla en una contradicción desesperada. La diferencia esencial está en que los románticos se dan permisos de complacencia, mientras que Iván se forzará a hacer el mal por coherencia. No se permitirá ser bueno. El nihilismo no es sólo desesperación y negación, sino, sobre todo, voluntad de desesperar y de negar. El mismo hombre que tomaba tan furiosamente partido por la inocencia, que temblaba ante el sufrimiento de un niño, que querÃa, «con sus propios ojos», ver dormir la cierva junto al león, besar la vÃctima al asesino, a partir del momento en que rechaza la coherencia divina e intenta hallar su propia regla, reconoce la legitimidad del crimen. Iván se rebela contra un Dios criminal; pero desde el instante en que analiza su rebeldÃa, llega a la ley del crimen. Si todo está permitido, puede matar a su padre, o sufrir al menos que lo maten. Una larga reflexión sobre nuestra condición de condenados a muerte desemboca únicamente en la justificación del crimen. Iván, al mismo tiempo, odia la pena de muerte (contando una ejecución, dice ferozmente: «Su cabeza cayó, en nombre de la gracia divina») y admite, en principio, el crimen. Todas las indulgencias para el criminal, ninguna para el ejecutor de la justicia. Esta contradicción, en que Sade vivÃa a sus anchas, oprime, por el contrario, a Iván Karamázov.