El hombre rebelde

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Después de esto, Aliocha puede en efecto tratar a Iván, con ternura, de «verdadero tontaina». Éste probaba tan sólo el dominio de sí y no lo conseguía. Vendrán otros, más serios, que, salidos de la misma negación desesperada, van a exigir el imperio del mundo. Son los Grandes Inquisidores que encarcelan a Cristo y vienen a decirle que su método no es el bueno, que la felicidad universal no se puede obtener sólo por la libertad de escoger entre el bien y el mal, sino por el dominio y la unificación del mundo. Hay que reinar primero, y conquistar. El reino de los cielos vendrá, en efecto, a la tierra, pero los hombres reinarán en ella, primeramente algunos que serán los Césares, los que han comprendido antes, y los restantes luego, con el tiempo. La unidad de la creación se hará, por todos los medios, puesto que todo está permitido. El Gran Inquisidor es viejo y está cansado, pues su ciencia es amarga. Sabe que los hombres son más perezosos que cobardes y que prefieren la paz y la muerte a la libertad de discernir el bien y el mal. Siente piedad, una piedad fría, por ese prisionero silencioso al que la historia desmiente sin tregua. Insiste en que hable, en que reconozca sus faltas y en que legitime, en cierto sentido, la empresa de los Inquisidores y los Césares. Pero el prisionero calla. La empresa continuará, pues, sin él; lo matarán. La legitimidad llegará al final de los tiempos, cuando esté asegurado el reino de los hombres. «El asunto está sólo en su comienzo, falta mucho para que se complete, y a la tierra le quedará todavía mucho que sufrir, pero alcanzaremos nuestro objetivo, seremos César, entonces pensaremos en la felicidad universal».


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