El malentendido
El malentendido Pero sólo utiliza palabras sencillas. Y no costaba tanto decir: «Soy tu hijo, ésta es mi mujer. He vivido con ella en un país que nos gustaba, frente al mar y el sol. Pero no era lo bastante feliz y ahora os necesito».
JAN
No seas injusta, María. No las necesito, pero he comprendido que ellas sí me necesitaban y que un hombre nunca está solo.
(Pausa. MARÍA se vuelve.)
MARÍA
Perdóname, puede que tengas razón. Pero desconfío de todo desde que he llegado a este país, donde busco inútilmente una cara feliz. Esta Europa es tan triste… Desde que hemos llegado, no he vuelto a oírte reír, y yo me estoy volviendo recelosa. ¡Ah!, ¿por qué me has obligado a abandonar mi país? Vámonos, Jan, aquí no encontraremos la felicidad.
JAN
No hemos venido a buscar la felicidad. La felicidad ya la tenemos.
MARÍA (Con vehemencia.)
¿Por qué no ha de bastarnos?
JAN
La felicidad no lo es todo y los hombres tienen deberes. El mío es recobrar a mi madre, una patria…