El malentendido
El malentendido Si es usted rico, perfecto. Pero deje de hablar de su corazón. No podemos serle de ninguna utilidad. Tan harta me tenía su tono que he estado a punto de pedirle que se marchase. Coja su llave y vaya a ver su habitación. Pero sepa que está en una casa que carece de recursos para el corazón. Demasiados años grises han desfilado sobre este pueblecillo y sobre nosotras. Poco a poco han ido enfriando la casa. Han borrado de nuestra alma la simpatía. Se lo repito, aquí no recibirá nada que se parezca a la intimidad. Recibirá lo que reservamos siempre a nuestros escasos viajeros, y lo que les reservamos nada tiene que ver con las pasiones del corazón. Coja su llave (Se la alarga.), y no olvide esto: le hospedamos, por interés, tranquilamente, y, si le dejamos que siga con nosotras, será por interés, tranquilamente.
(JAN coge la llave. Sale MARTA. JAN la mira salir.)
LA MADRE
No le haga usted mucho caso. Pero es cierto que hay personas a las que nunca ha podido aguantar. (Se levanta y quiere ayudarle.) Deje, hijo mío, que aún puedo valerme. Mire estas manos, todavía son fuertes. Podrían sostener las piernas de un hombre. (Pausa. JAN contempla la llave.) ¿Le han dejado pensativo mis palabras?
JAN
No, disculpe, apenas la he oído. Pero ¿por qué me ha llamado «hijo mío»?